Una investigación reciente descubre que el tiempo de ocio dedicado a Internet ha aumentado notablemente, al menos en Estados Unidos, lo cual implica menos tiempo dedicado a actividades como los viajes, la educación e incluso el cuidado del hogar.
Internet se considera uno de los
inventos más revolucionarios de las últimas décadas e incluso uno de los
que mayor impacto ha generado en la vida cotidiana de la humanidad. En
términos culturales se le compara con la imprenta de Gutenberg y en
telecomunicaciones es quizá tanto o más trascendente como el teléfono o
la radio. Su presencia es tal que, realizando un ejercicio sencillo e
inmediato, podemos intentar imaginar cómo sería nuestra vida sin la Red
o, en otro sentido, enumerar todas las cosas que hacemos ahora y que
dependen de que estemos conectados, desde el correo electrónico y la
necesidad creada de las redes sociales, hasta la música, las películas o
los libros a los que tenemos acceso, la manera en que nos informamos,
los servicios que ocupamos cotidianamente y un amplio etcétera que se
relaciona directamente con nuestros hábitos cotidianos e íntimos.
Sin embargo, como toda transformación
colectiva, en este caso también hay un costo. Las sociedades de la era
digital son en varios aspectos notablemente distintas a las de épocas
anteriores, cuando Internet simplemente no existía.
Recientemente, en el sitio The Atlantic,
Simone Foxman reseñó un estudio de Scott Wallsten, investigador del
Technology Policy Institute de Washington que analizó todo aquello que
un amplio sector de la población estadounidense ha dejado de hacer a
cambio de mantenerse siempre en línea y frente a una pantalla.
Wallsten partió de la categoría de
“entretenimiento en línea” (“online leisure”) para explorar esa
actividad que de algún modo es la negación de la actividad y que por
ello mismo es tan elocuente en términos civilizatorios: el ocio. Si las
llamadas actividades productivas dicen mucho tanto de una persona como
de un grupo social, igualmente significativas son las prácticas comunes
asociadas con el tiempo que no se dedica al provecho y la utilidad. En
otras épocas y en determinados sectores de la población el ocio estaba
ocupado por la lectura (por ejemplo, los libros de caballerías en la
Europa de los siglos XVI o XVII) o el cine (sobre todo mediados del
siglo XX), pero también los juegos, los viajes (cuando estos se
volvieron asequibles al gran público), los museos y la asistencia a
exhibiciones artísticas (con el surgimiento de los recintos que admitían
audiencias masivas), la contemplación y los estudios religiosos (como
en los territorios germánicos del siglo XVIII), la bebida y las cocottes, el hashish,
el LSD y, de nuevo, un amplio catálogo en el que cada elemento
caracteriza en su condición de actividad ociosa a los individuos y las
sociedades que se entregan a esas muchas formas del solaz.
Solo que, según el estudio de Wallsten,
ahora ese parece no ser el caso. Por lo menos en Estados Unidos parece
ser que el ocio está en vías de caer en la dominación casi absoluta de
la vida en línea. Entre 2003 y 2011, por ejemplo, el tiempo que los
estadounidenses utilizan su computadora solo por entretenimiento pasó de
casi 8 a 13 minutos al día, un crecimiento que se califica de
exponencial y que además persiste como tendencia.
El tiempo, como sabemos, funciona como
un juego de suma cero: dedicar tiempo a algo significa quitárselo a otra
cosa. Irrecuperable, lo llaman los poetas de almanaque, un lugar común
que no por común es menos cierto. ¿Qué estamos dejando de hacer por
entregarnos, al parecer cada vez con mayor naturalidad, al
“entretenimiento en línea”?
De acuerdo con Wallsten estamos dejando
de trabajar, de viajar e incluso dejamos de realizar los quehaceres del
hogar y aun de dormir. En las estimaciones del investigador, cada minuto
dedicado a la navegación ociosa se traduce aproximadamente en 16
segundos restados al trabajo, 7 segundos menos de descanso, 6 segundos
menos de viaje, 4 segundos menos a las actividades del hogar y 3
segundos que podríamos emplear en el autodidactismo, proporción que
varía dependiendo del segmento de edad que se tome en cuenta —en
particular en estadounidenses de entre 15 y 19 años, los segundos
quitados a estas actividades aumentan: por ejemplo, entre estos jóvenes,
cada minuto dedicado al ocio en línea significa 18 segundos menos en
actividades educativas.
Por último el estudio resalta el asunto
de la socialización, que curiosamente en nuestra época ha tomado todos
los ropajes del simulacro hasta hacernos creer que socializar en
Internet es prácticamente igual a socializar fuera de Internet.
En este caso la relación entre gasto y pérdida es notablemente mayor,
pues en Estados Unidos la socialización offline pasó de casi 41
minutos al día en 2003 a 37 minutos al día en 2011, 5 minutos que lo
mismo podrían haber pasado a las relaciones en línea o quizá se
disuelvan en el entretenimiento individual y solitario de la Red.
Wallsten es cauto y en su estudio no
concluye que el uso de Internet es causa de este comportamiento, sino
solo que “las actividad en línea, incluso cuando están libres de
transacciones monterías, no están libres de un costo de oportunidad”. Un
concepto que, con todo, no es menor. Por el contrario: parece clave en
todo este asunto.
¿Cuáles son las oportunidades que estás
dejando de tomar por elegir Internet ante otras opciones que se te
presentan o que podrías generar tú mismo? ¿En qué medida esta elección
es de veras tuya?
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