En la coyuntura actual la institucionalización es el camino para la
desactivación del conflicto, las votaciones el método para la
legitimación del sistema y al liderazgo político se accede por
aclamación mediática.

El surgimiento de una nueva opción electoral como Podemos
que aprovecha la oportunidad abierta por la doble crisis económica y
política no es nuevo, opciones como Ciutadans, UPyD, IA, Equo, Partido X
… salieron al paso del inicio de la deslegitimación institucional y de
la desafección política.
Lo novedoso es el nivel de deslegitimación alcanzado por la clase
política en los últimos años que hace improbable una regeneración del
sistema apoyándose en rostros ya marcados.
De ahí que, una Segunda transición que conjure la ruptura necesita
neutralizar, de nuevo, los elementos más radicales, canalizar y
desactivar el conflicto por la vía del voto, para que la política siga
siendo el espacio donde se negocian intereses pero no donde se disputa
el poder.
Insistimos en que en la coyuntura actual la opción electoral no es una vía de acceso al poder, no es el lugar donde se disputa.
El filósofo alemán Hegel entendía que las principales tareas del
Estado en la nueva sociedad burguesa eran: ideológicas y políticas.

Pero del siglo XVII a la actualidad, el Estado, como la economía
capitalista, han sufrido un proceso de naturalización y objetivación.
Percibimos al Estado burgués como El Estado –desprendido de su
concreción histórica y de clase-, a la política como una técnica, y a la
economía capitalista como la economía en sentido genérico (la forma de
resolver las necesidades de la vida en comunidad).
De la misma forma que la economía ha perdido el adjetivo “política”
-para hacernos creer que detrás no existe ningún tipo de relación de
poder sino el devenir objetivo y natural de las fuerzas abstractas del
mercado-, la política, se ha despolitizado, es decir, desideologizado.
Esto quiere decir que la política se nos presenta como una técnica
(gestión y administración de recursos), como una actividad que realizan
los especialistas, los políticos, como un ámbito en el que la
participación de los ciudadanos consiste en elegir a los gestores
correctos y, en caso de no estar satisfechos con su actuación la
posibilidad de cambiarlos cada cierto tiempo.
Poco más o menos como actuaríamos en el mercado eligiendo un
producto u otro en función de su presentación. En la política moderna no
se pone en juego el poder, sólo su apariencia pública.
La política despolitizada nos dibuja pues un tablero en el que no
hay contradicciones irresolubles, por ejemplo entre el Capital y el
trabajo, sino meras negociaciones de intereses, en el que los políticos
elegidos según la fuerza del número de votos obtenidos estarán en mejor o
peor condición, se nos dice, para negociar los intereses de sus
representados.

El
conflicto de clases, la explotación, no puede trasladarse a la política
porque en el mismo momento en que una opción de poder real, popular,
tuviera alguna posibilidad de convertirse en hegemónica, sería
criminalizada y sacada fuera del tablero de juego.
Así, mover ficha en un tablero trucado y con las fichas marcadas
sólo podrá acrecentar el desánimo y la impotencia, a la vez que
estigmatizará cualquier reivindicación o conflicto que se de fuera de
los cauces establecidos.
La única vía posible para repolitizar la política, es decir, para
que el parlamento vuelva a ser el lugar en donde se disputa el poder es
la acumulación de poder por parte de las clases populares, acumulación
capaz de cambiar el tablero, las fichas y las reglas.
Hacer cada vez más visible el conflicto y lo que tiene de universal
el conflicto particular y concreto debería ser hoy la tarea fundamental
de cualquier liderazgo político que aspirara a transformar este país.
Esta es la vía abierta por el 15M cuando ocupa las plazas y las
calles; es también el camino que abre el SAT (Sindicato Andaluz de
Trabajadores) cuando ocupa tierras; es la vía de la PAH (Plataforma de
Afectados por la Hipoteca) cuando frena desahucios; son los mineros
cuando marchan a Madrid haciendo confluir múltiples mareas; son los
maestros, los trabajadores de la salud, los trabajadores de la limpieza,
son los vecinos de Alcázar de San Juan contra la privatización del
agua, son las más de 36.000 manifestaciones y concentraciones en el 2012
.

Es la lucha de los vecinos de Gamonal en vez de la opción electoral de Podemos.
Sin embargo, frente al conflicto capaz de variar la correlación de
fuerzas el propio sistema despliega el capital simbólico acumulado
durante la transición: los órganos de representación y las elecciones
como única relación posible entre lo político y lo social.
Los miedos, las amenazas y el conservadurismo generalizado hicieron
el resto. En este país no caben las revoluciones sino las transiciones.
Se nos convence de que no habrá nunca victorias totales, de que
frente a la violencia de las calles está la paz de las instituciones, de
que no hay logros posibles que no sean convenientemente pastoreados, de
que es esta democracia o el caos, el orden institucional o el fantasma
de la guerra civil, se nos dice.
La política despolitizada se construye sobre el dogma de la política
como técnica, no sólo de gestión sino de pacificación del conflicto
social por la vía de la institucionalidad.
De las tertulias que simulan el enfrentamiento, al parlamento, de
los intereses irreconciliables, a la negociación razonable, del pueblo, a
la ciudadanía y de las mareas, al candidato.
Estos son los recorridos que traza la reproducción del sistema. Las
votaciones, no significarán variación alguna en las relaciones de poder y
explotación; y cualquier opción que tomemos de cara a las citas
electorales, será una opción incoherente, en el fondo, una trampa
postmoderna en la que partiendo de nuestros deseos de transformación, de
la defensa de nuestros intereses y de la crítica al sistema, nos
convertiremos en cómplices necesarios de su reproducción.
¡Orden, orden, formen una plataforma electoral!
La democracia no es un término que pueda descontextualizarse. Como
cualquier concepto, como las elecciones, es una construcción histórica
que ha devenido ideología legitimadora de los sistemas políticos
modernos.
Apelar a la democracia griega del siglo V a.c. o traducir
literalmente el término como poder del pueblo, es un recurso retórico
útil para que los profesores de ciencias políticas ilusionemos a
nuestros alumnos con una esperanza hueca, que no tardan en arrojar a la
papelera cuando ponen un pie en la calle.
Las revoluciones modernas, la británica, la francesa y la
norteamericana, no fueron revoluciones democráticas, aunque llevaran en
su regazo algunos elementos revolucionarios y aunque algunos de sus
pensadores tradujeran estos elementos a concepciones ideológicas
revolucionarias.
La ilustración parió pensadores revolucionarios -el mismo Karl Marx
es hijo de la ilustración-, y sembró semillas transformadoras, pero
sobre todo fueron momentos en los que se construyó el sistema político
moderno, el Estado burgués (o Estado de Derecho), que necesitaba el modo
de producción que comenzaba a convertirse en hegemónico: el
Capitalismo.
Los liberales anglosajones, que siempre han sido más claros y han
tenido menos prejuicios, estuvieron en contra de la democracia pues
tuvieron claro que era incompatible con el libre mercado.
Pero igualmente tuvieron claro que utilizar el término democracia
para designar a los sistemas representativos era la mejor forma de
legitimarlos ante el pueblo aunque se corrieran algunos riesgos.
Porque si todos somos iguales ¿qué es lo que otorga a unos el derecho a mandar sobre otros? ¿Cómo se justifica la obediencia?
El derecho a elegir, el derecho al voto, es el mecanismo que
legitima a unos para gobernar sobre otros, si nosotros los hemos elegido
libremente hemos de obedecerlos.
El Estado y las votaciones dejan de ser instrumentos de las elites
cuando hay en marcha un proceso de construcción de soberanía popular.
Esta situación ha sido posible en algunos países latinoamericanos,
Venezuela, Ecuador y Bolivia; y su influencia y estrategia integradora
han arrastrado a otros gobiernos del área.
Pero interpretar que estos procesos democráticos han sido posibles
gracias a la conformación de mayorías electorales es una visión miope,
si no interesada, que invierte la relación causa-efecto.
La traslación mimética de estos procesos a una realidad tan distinta
como la española, sólo es posible desde la simplificación más burda y
manipuladora y su intencionalidad no es otra que la de generar el efecto
propaganda.
Ningún proceso de transformación social es el resultado azaroso y
casual de la historia, lo cual no quiere decir que no haya cierta dosis
de casualidad; el azar se da sobre lo ya construido y puede actuar a
favor o en contra de la transformación.
Orden, dirección y estabilidad son las características de la
institucionalización burguesa. Son las garantías que exige el Banco
Central Europeo. Son los rasgos sustantivos que garantizan la
reproducción del capitalismo en su fase actual, la que David Harvey
llama acumulación por desposesión.
Dicha acumulación, dada la trayectoria de nuestro sistema político
sólo puede realizarse con una combinación adecuada de consenso y
represión.
De ahí que junto con las constantes propuestas de regeneración del
sistema político se ponga en marcha la llamada “ley mordaza” o la
reforma de la ley penal. De ahí que ante las crecientes mareas de
movilización social se promuevan opciones electorales.

Sin
embargo, las instituciones actuales, desde la jefatura del Estado (la
monarquía), la judicatura pasando por el parlamento y los cuerpos de
seguridad del Estado, no son reformables.
Como decíamos en la parte segunda de este análisis, la Transición
española no enlaza con la institucionalidad previa a la guerra civil, no
rescata la legitimidad democrática de la II República sino que
reformula la institucionalidad franquista.
En un primer momento el régimen se trasviste, pero se le ve
demasiado el rabo al diablo. En la primera Transición los nuevos rostros
del PSOE y la campaña electoral a la americana, diseñada como una
campaña publicitaria por Julio Feo, hicieron la labor disciplinadota que
el antiguo régimen era incapaz de cumplir.
Pero nos encontramos en un momento mucho más crítico que a
principios de los años ochenta; en estos momentos hay opciones ya
quemadas.
La degradación del sistema político (la corrupción) que, según los
informes alemanes es el mayor factor de desestabilización de nuestro
país, deja sólo dos opciones abiertas: una de ellas la franquista de los
años sesenta, los tecnócratas a la política; la otra: una versión
postmoderna del “cambio”, nuevas caras y promesas de honestidad.
Institucionalización y legalización van de la mano. La
institucionalización ordena, estabiliza, reparte funciones, asigna
tareas. Es un proceso de racionalización cuya función principal en las
sociedades modernas es desactivar el conflicto canalizándolo si se trata
de opciones negociables o sacándolo fuera (criminalizándolo) si no se
puede institucionalizar.
Desde el estallido del 15M ninguna de las movilizaciones sociales
han buscado una “gestión institucional” de ahí las resistencias al
proceso de institucionalización, de ahí el riesgo posible (aunque
todavía no probable) de ruptura con el orden actual.
En este proceso de aumento constante de la conflictividad social
muchos intelectuales, académicos y políticos han sido desplazados de los
espacios de conflicto, o simplemente no estaban allí.
La movilización social los ha reducido a meros acompañantes de los
procesos, ni interlocutores, ni guías, ni expertos ni líderes. Muchos se
han sentido defraudados, algunos han repudiado al vulgo ignorante, los
menos han tomado el testigo del compromiso, y alguno que otro ha creído
ver su oportunidad de salir del segundo plano para desempeñar un papel
protagonista. ¿Por qué esperar a que haya una sociedad revolucionaria?
¿Y si nunca se da?
¡Votad, votad, malditos!
Cuando no existe un poder popular acumulado, las elecciones son el
instrumento que legaliza y legitima el poder de las elites, son un fiel
reflejo de las relaciones mercantiles, si no fuera así no habría
elecciones.
Los sistemas representativos modernos ponen en el mercado del voto
las opciones posibles y la única libertad de los ciudadanos es elegir
entre ellas.
Si las instituciones, las que resultan de la hegemonía capitalista,
se nos venden como productos neutros, como cascarones vacíos a la espera
de ser ocupados por los sujetos adecuados, el procedimiento homologado
para tal función es el electoral.
El voto es el primer instrumento de delegación de soberanía de
nuestros sistemas. Es el ejercicio político al que queda reducida la
participación social. Es además un acto individual, resultado de la
concepción de la política también como un sumatorio de voluntades
individuales.

Una
vez ejercido, el ciudadano puede volver a casa tranquilo; ha
transferido la responsabilidad de la toma de decisiones políticas, ha
depositado en el otro su voluntad para que ese otro haga lo que pueda,
lo que le dejen o lo que quiera.
Cuando no existen mayorías sociales –estar en una misma situación de
explotación no supone ser una mayoría social ya que para ello se
necesita una misma conciencia de identidad de clase-, el voto es el
constructor de las mayorías políticas postmodernas, desideologizadas, es
decir, el gusto, la simpatía, la presentación del candidato, no la
ideología, ni la práctica política, son los referentes de la elección.
Igual que ocurre en el mercado para otras mercancías, la
concurrencia de los ciudadanos no es una concurrencia libre, está
relacionada con su capacidad de compra, en el caso de las elecciones, de
su cultura política, de su implicación en organizaciones, de su mayor o
menor exposición a la influencia mediática.
Como en el mercado, no existe una competencia real ni entre las
distintas opciones ni entre los líderes correspondientes. El sistema es
básicamente homogéneo. Las reglas electorales homogenizan el sistema.

Quinto Tulio Cicerón daba unos consejos a su hermano mayor en su campaña para el consulado: “Una
candidatura a un cargo público debe centrarse en el logro de dos
objetivos: obtener la adhesión de los amigos y el favor popular”.
Como vemos, ya en el año 64 antes de nuestra era, los intelectuales señalaban las pautas necesarias para lograr ser elegidos.
Ambas pautas implican que las campañas electorales recauden apoyos
de personas relevantes, que los contenidos de los mensajes sean lo más
genérico posibles para no crear conflicto entre los posibles votantes y
que se centren en los temas de mayor preocupación popular.
Todos los programas de acción de las opciones electorales actuales
se centran en movilizar a la gente para que vote no en movilizarla para
resolver sus problemas, para oponerse a la coacción o para tomar el
poder.
De este modo el compromiso que se pide es el compromiso de saber
elegir a la persona correcta. Estas opciones aceptan el chantaje al que
los sistemas representativos someten a la gente: ¿Y si no votamos qué
hacemos? Se apoyan aquí para sacar votos.
Oportunidad y oportunismo no solo tienen la misma raíz en la coyuntura actual son clones.
El desgaste de la representación política va unido al descrédito de
los programas electorales. Al igual que las etiquetas de los productos
en el mercado por más que leamos su composición y sus beneficios nunca
podemos estar seguros de no haber sido víctimas del engaño de la
propaganda.

Ante
esta situación las nuevas ofertas electorales proponen que sea el
propio votante quien elabore el programa, de la misma forma que Ikea nos
ofrece redecorar nuestra vida por poco dinero, aquí se oferta un
programa a la carta.
Que sean los ciudadanos quienes indiquen sus demandas a través de la
participación (electrónica preferentemente), después los expertos
valorarán y confeccionarán el programa, a gusto de todos.
Para una opción electoral lo fundamental es “no quedarse fuera de juego”, dejarse de pretensiones revolucionarias si de lo que se trata es de ganar.
En la coyuntura actual todo diseño ganador debe dirigirse a la gente
“normal”, a la gente corriente, como en aquel anuncio de la Coca- Cola:
“Para los gordos, para los flacos,
para los altos, para los bajos, para los que ríen, para los miopes, para
los que lloran, para los optimistas, para los pesimistas, para los que
lo tienen todo, para los que no tienen nada,… para los educados, para
los que sufren, ……, para los que participan, para los que suman, para
los que no se callan. Para nosotros. Para todos.”
Nada mejor que la publicidad de esta empresa, apunto mandar a la
calle a cientos de sus trabajadores, para expresar la distancia entre el
discurso y la práctica cotidiana.
Desde el momento en que el triunfo de las opciones políticas
descansa en la suma de votos, el marketing político –confundido
constantemente con la comunicación política- es quien tiene la última
palabra.
Por eso, los medios de comunicación como en cualquier campaña para
cualquier otro producto se ponen a disposición de la simplificación de
los mensajes, la única forma de que llegue a un público generalizado.
Cualquier opción que pretenda ser mayoritaria tendrá que enarbolar
el “sentido común” como bandera. Tendrá que elevar el “sentido común” a
categoría política para tener opciones de ganar.

El sentido común del comprador que se deja llevar por su intuición
ante el bombardeo constante de mensajes, teniendo siempre la banal
esperanza de que esta vez sí, no se dejará engañar.
Así, expresiones como “participación ciudadana” “empoderamiento”
“apostar por la decencia” “la patria”, etc. suplirán los contenidos de
un programa político que necesariamente tendría que ser excluyente.
Dado que no hay conciencia de clase, dado que no hay un “potente
movimiento de masas”, ni hay “partido que catalice el malestar social”,
es decir, si hay una izquierda sin unidad e impotente y el malestar
social no tiene claro a donde va, ergo, démosle una salida electoral.
Si la izquierda no es una alternativa real de gobierno, dicen nuestros filósofos, apoyemos a Podemos.
Como opción electoral, no queda claro si estas nuevas formaciones son o
no de izquierdas, o si simplemente son una alternativa de gobierno
aunque no sea de izquierdas, o si nada de esto tiene la menor
importancia.
Pablo Iglesias o Belén Esteban

En
una entrevista a Julio Feo, ex secretario de la Presidencia y
coordinador de varias campañas de Felipe González, en enero de 2011 se
le preguntaba por las características que debía tener hoy un buen líder a
lo que Feo contestó: “Los mismos que
ayer y que mañana: carisma, sentido común, claridad de ideas,
honestidad, un programa y una ideología claros, y ganas de trabajar”.
Nadie mejor que este publicista, formado en una empresa
estadounidense y con el aval de los éxitos cosechados para el PSOE, para
orientar la construcción de una opción política con posibilidades de
ganar.
Lo interesante es la atemporalidad de su consejo y que fuera
formulado en plena crisis del sistema político, pocos meses antes de que
estallara el 15M.
Suponemos que en realidad Julio Feo nos señala los rasgos que debe
presentar la imagen de cualquier candidato con opciones. Todos ellos
están en sintonía con lo que muchos siglos antes Tulio Cicerón señalaba
como recursos que un político debía manejar, para movilizar a sus
electores: “… hay tres cosas en
concreto que conducen a los hombres a mostrar una buena disposición y a
dar su apoyo en unas elecciones, a saber, los beneficios, las
expectativas y la simpatía sincera, es preciso estudiar atentamente de
qué manera puede uno servirse de estos recursos”
No cabe duda de que la nueva opción electoral maneja todos estos
recursos, especialmente las expectativas y la simpatía del posible
candidato.

Pero existe un handicap importante, si el público al que se dirige
es “normal”, el “para todos” de la Coca-Cola, para convertirse en
representante de los deseos de la gente, de sus demandas, de su
hartazgo, de su indignación, entonces, la formación intelectual del
candidato puede ser un lastre, una pequeña marca en el currículo.
La sinceridad y la honestidad de la propuesta pueden verse menguadas por el excesivo carácter intelectual del candidato.
En realidad si se tratara de coherencia, el votante de la nueva
formación tendría que elegir como candidata a Belén Esteban. La
narrativa del fenómeno Belén Esteban, como en las telenovelas, muestra a
un personaje de extracción popular, con poca cultura, pero honesta, en
la que la representación pública del personaje coincide íntegramente con
la realidad del mismo.
Un personaje capaz de mantener a millones de espectadores pendientes
de su historia posicionándose a favor o en contra y que es elegida como
“Princesa del pueblo” por aclamación popular.
El vaciamiento de la política y el voto como legitimación del
sistema se corresponden con una época post-moderna, donde conviven en un
mismo nivel distintas formas de entender el mundo sin que se anulen
entre si; la incoherencia forma parte de los relatos políticos
post-modernos.
A los discursos políticos sólo se les exige coherencia en la
apariencia, en la puesta en escena. Así, la selección de los candidatos
sólo tiene dos vías posibles: la negociación de intereses al interior de
los partidos políticos, o por aclamación popular.
Tan escasamente participativas la una como la otra, ya que en el
segundo caso dicha aclamación no es posible sin la concurrencia de los
medios de comunicación.
Por otro lado, las elites ilustradas han dejado de ser valoradas
positivamente dada su incapacidad y falta de compromiso con las clases
populares.
La oferta y la demanda cuestionan el mérito como rasgo distintivo de
la clase política; por eso Belén Esteban tendría más posibilidades que
Pablo Iglesias, aunque este último, si de verdad quiere convertirse en
un candidato popular, tendrá que rebajar cada vez más su discurso y su
puesta en escena aproximándose a la narrativa de los “famosillos”, con
los que la gente “normal y corriente” se siente más identificada.
Dice la investigadora María Lamuedra que los shows de tele-realidad y
las historias de famosillos son formatos actuales, post-modernos, de la
hibridación social.
Que esta hibridación ofrece un mayor poder interpretativo a los
espectadores que se pueden identificar o criticar, decodificar las
historias en un orden moral maniqueo u optar por una reflexión más
profunda sobre los cambios culturales.
Ç
Estos
formatos, nos dice, son una mutación del melodrama y cumplen una
función social integradora de la burguesía y las clases populares.
Podríamos aplicar este análisis a las tertulias políticas
considerándolas una mutación de los antiguos debates.
En ellas, no está en juego ningún argumento, ninguna reflexión, sólo
la simulación del conflicto social a través de la representación
discursiva banal.
Los participantes pueden, gracias a su vacío de significantes,
conectar con distintas sensibilidades, unas más progresistas otras más
reaccionarias.
En un sistema político que se legitima apoyándose en la suma de
agregados de voluntades individuales, los medios de comunicación masiva
son realmente los encargados de posibilitar estos arreglos. Son una
pieza clave en la selección de los candidatos.
No puede ser casualidad que sólo determinadas opciones encuentren la
oportunidad de salir en los medios masivos. En este sentido, tampoco es
casualidad el diferente tratamiento dado a Gamonal y a Pablo Iglesias.
Los medios no sólo construyen héroes y villanos, construyen opciones
y líderes políticos, todo ello sobre las movedizas arenas de las
emociones.
Cambiar este país de arriba abajo no será el resultado de las buenas
intenciones de ningún grupo de ilustrados, tampoco las elecciones son
la pócima mágica que una vez bebida nos hará más fuertes, como a Obelix,
para derrotar a los enemigos del pueblo.
* Ángeles Diez es Dra. en Ciencias Políticas y Sociología, profesora de la UCM
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