entre las necesidades
de la sociedad vasca ante el final de ETA, existen determinadas
singulares y concretas. Una de ellas es la de no olvidar que los presos
de ETA son personas, (por más que algunas de sus barbaridades lo hayan
puesto en duda en diversas ocasiones) y que deben ser tratados en todo
momento como tales. Tan breve (y seguramente obvio) considerando tiene
importantes implicaciones. Algunas nos incumben a todos y otras
interpelan preferentemente a personas o grupos específicos. La
convivencia normalizada en la sociedad vasca en esta nueva situación,
que los todavía jóvenes no habíamos conocido nunca a lo largo de nuestra
vida, (y normalizada no significa no conflictiva, porque el conflicto
es en gran medida inherente a la vida social) exige que cada uno haga
frente a las suyas. Empezaremos, entonces, por intentar describirlas.
Ha desaparecido la excusa de ETA para mirar hacia otro lado
cuando se produzcan violaciones de los derechos de estos presos o cuando
la legislación les sea perjudicialmente aplicada de forma
singularizada. Se extiende esto a un amplio elenco de cuestiones, desde
esa dispersión que siempre ha carecido de fundamento legal suficiente
(aunque nadie la haya recurrido aún ante el Tribunal de Estrasburgo que
ha condenado ya a algún Estado en supuestos similares) hasta la
inaplicación de las directrices sobre descuento del tiempo de condena
sufrido en otro país por idéntico delito, pasando por la no aplicación,
subterfugios variados mediante, de la propia legislación española en
relación con la puesta en libertad de presos gravemente enfermos o
mayores de 70 años. Por no hablar de los nunca admitidos ni investigados
malos tratos en las prisiones.
Ningún propósito relacionado con ETA, ni el de no favorecer o dar
alas a su discurso, ni el de dificultar su control sobre los presos, ni
el de presionar a los reclusos para obtener su colaboración
(aunque muchos delitos y responsabilidades sigan sin esclarecerse)
justifica que no se oiga alta y clara nuestra denuncia. No por simpatía
hacia los presos, (que, sinceramente, ninguna, todo lo contrario) sino
por imperativo ético legitimador de lo que a ellos y su mundo vamos
también a exigir. Esto vale para todos. Los presos deben ser, ante todo,
personas. Para todos y en todo momento.
No es coherente denunciar (adecuadamente) que la banda les
impide ejercer sus derechos, al mismo tiempo que se condicionan al
encaje en moldes de tratamiento colectivo; la vía tal o la vía cual.
Pero en esto de las necesidades sociales, la responsabilidad
de dar pasos corresponde principalmente a quienes han generado el
problema. A quienes (salvo excepciones, algunas muy evidentes, de las
que ya hemos hablado y que habrá que seguir denunciando) no están
recibiendo sino la retribución del daño que ocasionaron previamente o
sufriendo las consecuencias indirectas de haber mantenido un
comportamiento si no de apoyo sí cuando menos comprensivo (siendo benévolos) con la barbarie.
A la izquierda abertzale le ha faltado siempre humanidad. No
ya con los ajenos, que no hay necesidad ni de comentarlo, sino también
con los propios. Le ha faltado siempre reconocer que cualquier preso
condenado a duras penas de prisión había ya contribuido suficientemente a
la causa y no estaba, además de condenado a prisión, condenado
a seguir siendo un mero instrumento manejado por otros al margen de su
propia voluntad e intereses. A la izquierda abertzale le ha faltado
reconocerlo como persona. Reconocerlo como titular de derechos. No
condenarlo a su vez, como si el Estado no lo hubiese hecho ya bastante. Y
necesidad perentoria de la sociedad vasca en este terreno es que esto
cambie. Y si cambia esto, no cabe duda de que vamos a poder cambiar
otras muchas cosas.
http://www.deia.com/2014/04/04/opinion/tribuna-abierta/los-presos-de-eta-son-personas

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