CAMBIOS EN LA NOMENCLATURA CASERA

Tras
haber conocido que el aeropuerto de Madrid pasa a denominarse como
Adolfo Suárez-Barajas, o que la estación de autobuses de Vitoria podría
recibir un nombramiento similar, manifiesto mi precupación por el dinero
que van a suponer al erario público los trueques citados, innecesarios y
caprichosos, seguramente surgidos de la “de-mente” preclara del
inquilino de la Zarzuela, para mitigar su conciencia ante las
barrabasadas que cometió antes, durante y después del 23-F.
Igualmente, debo confesar que no comprendo el suntuoso homenaje a un
falangista y ex ministro del asesino Francisco Franco, cuya muerte han
lamentado menos españoles que a los que ha dejado indiferentes.
Pero ya que de denominaciones se trata, me he planteado hacerlo en
mi casa. Así, en la cocina he colocado una placa dedicada a la Morcilla de Burgos,
para tener presente que Gamonal es uno de los barrios históricos que
nadie olvidará, porque fué donde el pueblo dio morcilla al alcalde, a su
aparcamiento y a su aliado, el empresario y delincuente Méndez-Pozo.
Mi sala de estar lleva el nombre de Fidel Castro, mientras el pasillo luce un letrero con una frase de mi amigo Isidro: “El que abandona principios tiene mal final”.
Sobre la cabecera de mi cama pende una boina del Ché, una bandera de
la URSS, una foto de George Brassens y tres de sendas mujeres que han
sido compañeras de farra y noches agitadas.
Pero he reservado el cuarto de baño, allí donde el ser humano se ve
en toda su dimensión animal, para bautizar sus elementos de forma
adecuada.
El
lavabo lleva el nombre de Pepe-Soe, fundador de la alianza neoliberal
neofranquista; sobre él escupo, me lavo los dientes y me enjuago la
boca para seguir escupiendo sobre él. O, simplemente, le lanzo un lapo.
El baño (y la ducha) se llaman, respectivamente, John (Lennon) y Nina (Simone), porque oyendo sus canciones lavo y aireo mis cabreos, disgustos y frustraciones de todo tipo.
Llegando al inodoro, había que ser rotundo, así que pegué, en el fondo de la taza, un nombre excelso: Juan Carlos de Borbón.
Así que ya lo saben mis amigos que lleguen al aeropuerto Adolfo
Suárez. En mi casa podrán desquitarse, lanzando orines y heces sobre tan
fétido Borbón.
Que se enteren que, para nomenclaturas nuevas, están las mías.
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