Internet es una de las mejores cosas que me han sucedido, pero si no empiezo a usarlo con más inteligencia, también podría convertirse en una pesadilla para mi salud física y mental.
Desde hace un par de décadas Internet se
consolidó como un protagonista de nuestras vidas. La forma de estudiar,
trabajar y consumir, de informarnos, entretenernos, relacionarnos, de coquetear
y procastinar, todo esto cambió radicalmente –tanto que pocas veces
recurrimos al ejercicio de recordar cómo era nuestro mundo
pre-internetero.
Cientos de miles de horas ‘humanas’ se
vierten en la red. Nuestra realidad ya incluye el prefijo www y eso
tiene múltiples consecuencias, tanto positivas como negativas, y más
allá de las tendencias, lo cierto es que la relación entre unas y otras
la definie cada quien: Internet puede ser una galante nave espacial o un
efervescente manicomio. De acuerdo con esto, en los últimos diez años,
con la llegada de la web 2.0, y en general con la sofisticación tanto
de plataformas y herramientas, como de hábitos e ideologías digitales,
emergieron las mayores mieles de Red, pero también sus mayores
demonios.
En primera instancia, la mayoría de
nosotros nos enfocamos en los beneficios de esta hiperherramienta,
abrazando efusivamente la poligamia informativa que se desborda en sus
cauces, el poder cívico-organizacional que florece en su
hiperconectividad, la oportunidad de reinventarnos o reafirmarnos
mediante otros yos en las redes sociales, o la posibilidad de publicar
contenidos ‘sin’ intermediarios. Pero con el tiempo, a la emotiva
celebración inicial también arribaron agentes extraños, manifestados
mediante ansiedad, saturación, estrés, desgaste, etc.
Una vez que se hicieron accesibles las
computadoras personales, muchos nos volcamos definitivamente a Internet:
y es que el universo de información y posibilidades era simplemente
extasiante. Luego, con mayores velocidades de conexión, la llegada de
los dispositivos móviles, y la adaptación de las prácticas sociales a la
red, lo que había nacido como un genuino romance y luego se había
tornado en una interesante orgía, ahora es ya, por momentos, una
compulsiva asociación, modulada de acuerdo a circunstancias personales y
a la conciencia que individualmente le imprimimos –es decir, tan
potencialmente nutritiva y destructiva como nuestra madurez digital nos
lo permita.
Yo digital
Durante la última década creo haber
promediado, diariamente, alrededor de diez horas de ‘conexión’. Mi
trabajo depende en buena medida de ello, y el hecho de que disfrute
mucho lo que hago intensifica la dinámica. He percibido cómo se han
diluido lentamente las fronteras entre mi vida personal y laboral –lo
cual por un lado me parece maravilloso aunque también percibo en el
fenómeno un contundente doble filo. Mi estilo de vida, en general, me
gusta, y aprovecho la flexibilidad geográfica para cumplir con mis
‘labores’ desde distintos puntos. Cada día, además de resolver mis
pendientes y mantener mis lazos sociales, dedico un buen rato a
simplemente absorber información: noticias, ensayos, proyectos, ideas,
imágenes, videos, etc. Amo la data, y en ese sentido con la red se
abrieron las puertas de un Shangri-la personal.
Lo anterior, al menos en mi opinión,
suena bien, muy bien. Pero por otro lado, justo en este momento, me
duele el cuello. A veces me siento ‘inexplicablemente’ cansado,
desbordado de información, y más de una vez he experimentado esa
angustiante sensación de ‘tener’ que revisar obsesivamente mi bandeja de
correos o mi timeline de Twitter. También he notado que al no tener
acceso a la red, algo que sucede cada vez menos, puedo llegar a sentir
una especie de vacío, incluso ansiedad. Aunque no coincido con que lo
que experimentas físicamente es real y lo que vives digitalmente es
irreal, algunas veces repaso las cosas que dejé de hacer por estar
conectado: no llegué a un encuentro interesante con algún amigo, dejé de
regar mis plantas, o se me ‘olvidó’ ir a tal museo; tampoco tuve tiempo
de meditar o de terminar un libro.
Inmediatez y automatización
Reflexionando un poco en este fenómeno
que, muy probablemente, en alguna medida, te involucra, parece que hay
dos enemigos principalmente dañinos frente a nuestra vida digital. El
primero, la inmediatez, o mejor dicho la atemporalidad. Como advierte
Douglas Rushkoff en su reciente libro, Present Shock, parece
que hemos perdido la capacidad de dimensionar las distintas escalas de
tiempo. Y en esta confusión intentamos empatarnos con la no-temporalidad
de las computadoras, algo que jamás lograremos porque simplemente no
corresponde a nuestra biología –y que en el intento pagaremos muy caro.
Por otro lado, y una vez más refiriéndome a Rushkoff, ahora en su libro Program or be Programmed, donde además de compartirnos una especie de manual de emancipación digital
(para usar la red, y no ser usado por ella), enfatiza la necesidad de
desautomatizar nuestra vida en línea, de observarla, entender cómo
funcionan las plataformas que utilizamos y qué conductas incentivan.
Dedicar periódicamente unos minutos a reflexionar sobre la forma en la
que vivimos la red podría reducir en buena medida los costos que hoy
pagamos por ella.
El hastío
A pesar de que el clímax digital sigue
en ascenso, cada vez hay más personas que, supongo que respondiendo a un
franco instinto de supervivencia, deciden abruptamente suprimirse de la
red. Entre estos tenemos algunos casos ‘famosos’, por ejemplo el de
Paul Miller, colaborador del sitio The Verge, y quien documentó su experiencia de mantenerse un año completamente desconectado.
Hace unos meses Jesus Diaz, colaborador en Gizmodo, despotricó en contra de los móviles, reflejando una sensación que algunos habremos ya experimentado:
Somos prisioneros de
nuestros teléfonos y tabletas, y de toda esa basura digital. Yo lo soy.
Tú lo eres. Todos lo somos. Nos sumergimos en estas estúpidas máquinas,
vemos la realidad a través de ellas. Y en lugar de empoderarnos,
insistimos en darles nuestro poder.
Otro caso notable es el de David Roberts, quien escribía para Grist, y decidió alejarse por un tiempo de Internet:
Disfruto compartir
cosas por Twitter todo el día; disfruto escribir tendido, hacer mis
notas en la noche. Pero el estilo de vida tiene sus inconvenientes. No
duermo lo suficiente, nunca. Ni siquiera tengo hobbies. Siempre estoy
trabajando. […] Y algo está ocurriendo con mi cerebro. Ahora pienso en
forma de tuits. Mis manos tiemblan si estoy lejos de mi teléfono por más
de treinta segundos. Ya ni siquiera puedo orinar sin aburrirme. […]
Siento la necesidad de comentar sobre todo, tomar una postura,
idealmente una postura inteligente.
La liberación
La libertad es más compleja que la
sumisión. Exige conciencia, responsabilidad y constancia. En este
sentido, para liberarnos de nuestra esclavitud internetera, pero sin
excluirnos de los beneficios que la red nos provee, debemos estar
dispuestos a ejercer, por lo menos, estas tres virtudes.
Desautomatizar nuestra vida digital es
imprescindible. No tenemos que responder impulsivamente cada correo que
nos llega, y tampoco sirve de gran cosa estar persiguiendo la
inalcanzable inmediatez de las noticias. No pasa nada si desapareces de
Twitter unas horas, días o incluso semanas. Lo que ahí ocurrió ya es
pasado –al igual que si lo checas cada tres minutos, el presente jamás
se imprime en tu timeline. Si realmente disfrutas tu trabajo,
el hecho de que tu vida laboral se confunda con la personal tiene un
aspecto maravilloso, cierto, pero también uno patético, o mejor dicho
insano. Por eso es fundamental que establezcas fronteras, quizá asignar
horarios a tu vida en línea sea una buena idea.
La conclusiones anteriores son el
resultado de haberme exigido, tan sólo por unos minutos, reflexionar en
las prácticas habituales alrededor de mi vida digital. Imaginemos
entonces lo que podría resultar de tener presentes, con frecuencia,
nuestros actos digitales. Y una vez obtenida, a partir de
auto-observarte conscientemente, esta información, por cierto la más
importante a la que habrás accedido hoy, entonces es momento de hacerte
responsable y, con determinación, empezar a afinar tu vida digital.
No creo que haya antídotos o fórmulas
concretas para liberarnos del vórtice digital en el que ingenuamente
caímos –y si los hay entonces los desconozco. Pero espero que este
artículo contribuya en algo a tu madurez como usuario de Internet (y a
la mía, ya que fue bastante terapéutico).
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